La clave está en el conejo

Si jugando a ser Dios tuvieras que eliminar una sola especie para desmoronar casi por completo los ecosistemas mediterráneos de la Península Ibérica, esa especie sería el conejo (Oyrctolagus cuniculus). El conejo es una de esas especies denominadas “clave”, ya que participa en multitud de procesos, en distintos niveles tróficos, y es necesaria para el correcto funcionamiento de nuestros ecosistemas. Estas especies tienen una gran importancia, ya que su declive puede afectar a muchas otras y tener consecuencias muy graves.

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Conejo común (Oryctolagus cuniculus). Autor: Dulup

La principal función del conejo es, evidentemente, servir de alimento a otros depredadores. Se ha demostrado que hasta 40 especies de depredadores incluyen o pueden incluir al conejo en su dieta. Y además, algunas de estas especies están tremendamente especializadas, basando su dieta en más de un 80% en este lagomorfo. Es el caso por ejemplo de algunas especies tan emblemáticas como el Lince ibérico (Lynx pardinus) o el Águila imperial ibérica (Aquila adalberti), ambas en grave peligro de extinción a nivel mundial.

Sólo con este dato ya somos conscientes de lo importante que es mantener unas poblaciones de conejo sanas y abundantes en nuestro territorio, pero lo es aún más, porque los conejos desempeñan otras funciones, y actúan como “ingenieros” del ecosistema. Por un lado, modulan el paisaje por el pastoreo, especialmente en zonas con altas densidades, dando lugar al típico monte mediterráneo de matorral abierto, lo que además –junto con su capacidad para dispersar algunas semillas– favorece un incremento de la diversidad de especies vegetales. También modifican el suelo aportando nutrientes a través de sus excrementos, que habitualmente concentran en letrinas. Y las excavaciones y madrigueras además de permeabilizar el suelo, ofrecen refugio a distintas especies de invertebrados, mamíferos, anfibios y reptiles.

En definitiva, es una especie imprescindible en los ecosistemas mediterráneos ibéricos, de la cual dependen multitud de procesos y organismos. Pero el conejo también es famoso por ser un superviviente.

Es una especie con un potencial reproductor increíble, y por lo tanto muy abundante. Como dato anecdótico, se ha calculado que una sola pareja durante toda su vida sin interferencias negativas puede tener hasta ¡¡¡más de 1.800 descendientes!!!. Desde tiempos inmemoriales ha servido de alimento a los habitantes de la Península Ibérica, y en la actualidad todavía sufre una gran presión cinegética, siendo la presa de caza menor más abundante (se cazan en torno a 4 millones de conejos cada año).

Además, en las zonas con altas densidades, puede llegar a causar grandes daños en la agricultura. Por ello ha sido una especie perseguida de manera furtiva, y a raíz de esta problemática se originó una de las mayores amenazas que existen sobre esta especie.
En el año 1952 un médico francés, en un triste intento por controlar a los conejos que dañaban sus viñedos, inoculó en algunos ejemplares el virus de la mixomatosis. Las consecuencias fueron terribles, ya que el virus se propagó rápidamente a través de vectores naturales como mosquitos, pulgas o garrapatas, afectando en poco tiempo al sur de Francia, y llegando al norte de España en 1953 y al sur en 1959. Esta enfermedad acabó en pocos años con el 90% de la población de conejos silvestres (en algunas zonas hasta el 100%), y aunque algunas poblaciones silvestres han adquirido resistencia a la enfermedad, todavía no se ha recuperado la abundancia previa a la epidemia.

Por si eso no fuera suficiente, en 1988 se detectó por primera vez en España una nueva enfermedad aún más virulenta si cabe, la enfermedad hemorrágica vírica (RHD), proveniente de otro virus de mano del hombre (cómo no), descrito por primera vez en China. Tras más de dos décadas luchando contra la enfermedad, y cuando parecía que las poblaciones empezaban a equilibrase, se ha detectado una nueva cepa con alta capacidad de mutación, lo que hace muy complicado que las poblaciones silvestres adquieran resistencia a la enfermedad.

Sus amenazas no son únicamente estas enfermedades. También se ve afectado por otros factores a nivel local como el cambio de uso del suelo, urbanización, atropellos, la intensificación de la agricultura, el uso de pesticidas, la sobreabundancia de ungulados o las repoblaciones forestales poco adecuadas (por ejemplo el pino carrasco).

Por todo ello, y aunque en algunas zonas los conejos siguen siendo muy abundantes, debemos tener presente que nos encontramos en una situación de alerta frente a lo que podría ser una auténtica emergencia para nuestros ecosistemas. Si el conejo desapareciese, se irían con él otras muchas especies que dependen de él de una u otra forma. Una vez más el desconocimiento y la insensatez por parte del hombre, puede poner en jaque a los ecosistemas mediterráneos de la Península Ibérica.

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